Desapareces de mi vida
-para qué negarlo-
cada vez que quieres.
Entras y sales de mi corazón a tu antojo,
sin contar conmigo;
es evidente que no mando yo,
que soy tu botín
o soy tu esclavo.
Me das más desazón y quebrantos
que migajas de amor.
Siempre salgo perdiendo.
A pesar de todo, te persigo.
Te quiero en mi vida
aunque sea a deshoras,
aunque juegues conmigo,
aunque me atormentes y tortures.
Qué infame me siento mendigándote,
conformándome con la nada que me das,
malviviendo de esa nada,
añorándome.
Añorándome.