Cuando alguien se atreva
a indagar en esto que escribo
-la dignidad me impide llamarlo poesía-
se encontrará con un Ser insensato
que teoriza sobre el sufrimiento
como si tuviera el corazón mil veces roto
y el alma mil veces herida.
No soy el que aparento:
soy mejor o peor.
Soy otro.
Es un error o una osadía
pretender conocer a alguien
por lo que escribe;
no siempre uno se esconde
a medias entre los personajes
y no siempre lo que se cuenta
proviene de la imaginación o la realidad:
a veces viene del olvido
que no dice nada
pero tampoco calla.
Escribir no es como confesarse:
se puede mentir con total libertad
amparándose en el derecho a no declarar.
Miento, luego escribo.
Nada de “desnudar el alma”.
Nada de “seamos sinceros”.
No escribo en un salón con chimenea,
no crepita el fuego
ni las llamas dibujan el futuro;
hace frío y es de noche.
Mañana Dios dirá, pero no se sabe qué dirá.
Espero que no me delate,
que no enseñe la foto de mi alma,
que se calle mis secretos,
que enmudezca para siempre.
El mayor engaño no es aparentar lo que uno es:
es no negar lo que NO es.
La mentira es un mal parche que no aguanta una verdad;
la verdad pisa fuerte,
el ruido sobrevive al silencio;
no se sabe si la noche vence al día
o es el día quien vence a la noche.
Divagar trae serias consecuencias:
se gasta inútilmente papel y tinta;
en este mismo papel
y con esta misma tinta,
se podría haber creado arte,
maravilla, emoción, belleza,
drama, placer o poesía de verdad,
pero no: hice esto.
Que el mundo perdone mi osadía,
que el futuro me borre de su lista de invitados,
que el silencio hable bien de mí,
que el eco no devuelva mis gritos.