Al salir de la pesadilla sintió,
desesperado,
incrédulo,
inconexo consigo mismo,
que la realidad
era una pesadilla aún peor.
Y sobre todo: real.
Lloró, rogó, y maldijo,
todo junto y al mismo tiempo
pero la vida no se inmutó
y siguió martirizándole.
Mucha injusticia en su destino,
mucho dolor en las arrugas de su alma,
mucho silencio asesino,
mucha muerte de manos largas.
Volvió a dormirse.
Buscó retomar la pesadilla.
Dijo que es mejor una buena mentira
que una mala realidad.
Y se durmió.