“No te vayas”.
Lloré cuanto pude, amargo, incrédulo, inexperto,
y repetí el deseo: “no te vayas”.
Y me dejaste pegado al último intento,
ahogado en mis propios llantos ahogados,
repartido en miles de fragmentos,
todo roto en mis adentros.
Tú, hada extraña que no cumples mis deseos,
no escuchaste el concierto de mi amor,
el redoble de mis miradas,
los intervalos mudos entre lágrimas y llanto;
no dejaste que te emocionara mi llamada
ni me permitiste despertar con arrullos tu conciencia,
tus instintos, la humanidad;
no me dejaste ni el sitio de perro faldero
que durante tanto tiempo ocupé.
Te llevaste, no te castigue Dios,
cuanto amor puse en tus manos,
cuanto de futuro y sueños deposité en ti,
todo el cielo que te fui entregando,
todas las nubes que conquisté para ti.
No llamo a la puerta de tu recuerdo
con golpes que hablen de resentimiento,
es más la duda de mis posibles errores quien lo intenta,
quien se asoma lastimera a tu horizonte
para ver si se descarga el cielo que nos cubre
y al grito de “no pasa nada”
comenzamos a compartir nido y vuelo otra vez.
A la espera quedo.