“Nos vamos poniendo viejos”, le dijo,

pero no como reproche

sino como quien emite un certificado,

con la verdad de un espejo,

la rigurosidad de un notario

y el drama de una esquela.

La miró de nuevo

para poder confirmar

lo que había dicho.

“Te quiero, viejita”.

Así dijo su verdad más grande,

su mejor frase de amor.

Y volvió a ver viva

a aquella joven de veinte años

que le dio un sí ante el altar,

y lo confirmó con sus hechos

a lo largo de sus vidas.

Ella adivinó lo que estaba pensando,

cogió su mano,

le miró a los ojos

y lo repitió nuevamente:

“SÍ”.

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