Los desenamorados se quejan
de la informalidad del amor,
de sus volatines y piruetas,
y de cómo un día ama
y otro día se convierte en espina,
en asesino de sentimientos,
en herida que no cierra,
en llanto quebrado interminable,
y se quejan de su ausencia
-de cuando era bueno y radiante-
y sufren su impermanencia
echándole en cara que es voluble
y nada consistente.
Los abandonados por su pareja
opinan lo mismo pero aumentado;
las desdichas se multiplican,
las quejas son más prolongadas,
las maldiciones más enérgicas,
los llantos más potentes.
El amor,
cuando se convierte en desamor,
duele o mata.