Sobrábamos los dos

No hicimos caso de las señales:

el buenos días cada vez más apagado,

la distancia en los abrazos,

las manos siempre frías cuando nos cogíamos,

las sonrisas entumecidas,

las miradas sin vida.

No supimos rescatarnos del naufragio:

nos hundíamos ambos

porque no estaba uno para salvar al otro.

No vimos venir la muerte lenta

y un día nos despertamos juntos

pero ambos desconocíamos

al que estaba al lado.

Ya no estaba el seductor,

ya no estaba la sonriente.

La felicidad había emigrado,

la ilusión estaba deprimida.

Ante este panorama

sobrábamos los dos.

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