Ya era tarde.
Los gritos se habían extinguido.
El eco no los repitió más.
Había un silencio de mal presagio,
un aire cargado de incertidumbre,
una sospecha nada agradable;
ya sólo quedaba el muerto,
retorcido como cayó,
y un charco de sangre fría
y un secreto en el aire.
El muerto aún tenía los ojos
abiertos y asombrados
y tenía preguntas sin contestar
y quejas por su mala suerte.
“Un mal día”, pensó.
“Si lo sé, no salgo”,
añadió con ironía.
Le molestaba la postura en que estaba y pensó
“se me va a dormir el brazo”.
La noche se le hizo larga.
Al amanecer llegó el camión de la basura.
Los operarios le miraron,
se miraron entre ellos,
y lo cargaron en el camión.