Sigo respetando la costumbre
de subir los jueves por la noche al desván,
de la mano de la nostalgia
-de la nostalgia de ti-,
para recordarte nuevamente,
siempre la misma pena,
siempre las mismas lágrimas.
Mi rincón de llorar.
Mi cojín de añorarte.
Las cartas que me escribiste, ya casi desgastadas.
El reloj marcando la hora en que te fuiste.
El eco inextinguible de tu aroma.
La luna que dijimos que nos pertenecía.
Nuestra canción favorita.
Risas y llantos al cincuenta por ciento.
Tu desamor.
Tu desdén.
Tu portazo.
Cada jueves sueño y muero.
La añoranza se convierte en dolor.
Y te lloro.
Y me lloro.