Camino

Camino

por un sendero desconocido;

no distingo los miedos de mi oscuridad,

me tambaleo insensatamente,

malvivo prisionero de mí mismo.

La noche me espera para robarme

las migajas de paz que me dio el día.

Soy un experto en morirme:

casi cien veces al día.

Pero sigo.

Es una muerte que me desea,

pero de momento me perdona.

Tengo la tristeza cincelada en la boca

y lo que es peor:

también en el corazón.

Ya estoy acostumbrado a este estado.

De hecho, no imagino otro mejor.

Sobrevivir es mi verbo más cotidiano.

Quejarme es lo que mejor sé.

Y llorar.

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