Irene

“Hasta los pobres tienen el mismo sol

y el mismo azul en el cielo”.

No supo de dónde le vino el pensamiento.

Hasta dudó que fuera suyo.

Por la tarde había estado hablando con Irene,

que está pasando los últimos diez años

residiendo en una caja de cartón,

con una manta de mil colores,

incluido el de la suciedad,

y tiene un carro, cojo de una rueda,

donde carga todas sus pertenencias.

“Yo era muy limpia”, me dijo en defensa propia.

“Siempre iba arreglada”, pero ahora no es ese siempre.

“La calle embrutece”, había añadido.

“Se me han muerto los sentimientos buenos”, gimió.

“Los otros cada día son más grande y más graves”.

“Ya no lloro cuando lloro”, confirmó.

“Gracias por el billete, señor, vuelva cuando quiera”.

Volveré, pero no pronto.

Primero tengo que parar de llorar

y recomponerme.

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