“Un camino rancio lleno de pisadas rancias”.
Ni yo mismo entiendo la frase, pero así es la parte de mi pasado que s uso para recordar los momentos menos agraciados, los que se han convertido en gravemente dolorosos.
Así es la parte que quisiera olvidar, o quisiera que nunca hubiera sucedido; que nunca se hubieran reunido las circunstancias o casualidades que forman esos presentes que después, como siempre, acaban siendo repudiados hacia el pasado, ese vasto imperio de malos habitantes.
En mi pasado aparecías constantemente.
Creo que no quedaban espacios que no estuviesen contaminados por ti.
No sé por qué tanto empeño tuyo en querer acapararlo todo, en querer monopolizarlo todo, en querer dejar tu firma en todo.
Yo estuve bien hasta que apareciste.
A partir de entonces no pude seguir diciendo lo mismo, ya que hubiera mentido.
Qué extraño es el amor, afirmo.
Y cómo me molesta su indefinición, ese no poder saber si estás o no enamorado con la misma seguridad que puedes llegar a saber si estás hablando o estás en silencio.
Yo creía estar enamorado, pero quizá no era eso, sino que tú me hiciste creer que estaba enamorado de ti: una especie de hechizo mágico, de orden inconsciente: “estás enamorado de mí, estás enamorado de mí, estás enamorado de mí…”, que me repetíascomo lo repiten los hipnotizadores.
Tal vez fuera eso.
Tal vez no tuve nunca la clarividencia de discernir mis propios deseos de los tuyos.
Tal vez temía tanto no estar enamorado que me conformé con esas migajas de amor que me dabas; quizás preferí esa miseria y poder decir y decirme que alguien me quería, aún a costa de saber que era mentira, antes que reconocerme desierto y carente de razones para que alguien se enamorase de mí.
Ahora que tengo más afinado el tino de medir el enamoramiento, me doy cuenta de la pobreza de aquellas miradas tan falsas, y me doy cuenta del frío que tenían tus sonrisas, y me doy cuenta de la corrupción de tu sucedáneo de amor.
Ahora que me crecieron los ojos y se me despertó la capacidad de darme cuenta de algunas cosas, noto cómo me manejaste, cómo me confundiste, cómo me engañaste.
Podría haber pasado el resto de mi vida en la pobreza resignada de aquel poco que me dabas y aquel engaño continuo, y tal vez hubiera muerto y hubiera emprendido el viaje último con un corazón estafado, pero pude escaparme, y pude emprender el camino por la inmensidad del amor de la mano de otra mujer.
Sólo me queda decirte que es la última carta que te escribo con letras o con el pensamiento; que a partir de ahora te relego al olvido, con orden prioritaria de deshacerse de ti, de barrer tus señales, recoger tus pisadas rancias y quemarlas.
Que así sea.