La historia dice así

“Y bien… la historia dice así…”

Pero cuando pronunciaba así, con su voz de Yucateco honorable, voz de trueno domesticado, o voz atávica del Dios de la Palabra, la gente que va en el autobús, a los que cariñosamente llamaba “cristianos”, dejan las desocupaciones del viaje y enfocan sus oídos a escuchar la plática que vendrá a continuación.

Él, en realidad, está más atento a oírse en sus propias filosofías que a tratar de agradar al público variopinto que se modifica en cada excursión.

Ser guía turístico le permite evadirse unos días de Mérida para reencontrarse con su pasado en cada piedra de Chichen Itzá, en cada voz de pájaro, en cada misterio latente, en cada árbol portentoso.

Creo que sigue en ese trabajo, a pesar de que su vida ya ocupa casi dos biografías, sólo porque en cada viaje se encuentra consigo mismo y aún sigue emocionándose con ello.

Los hombres sabios generalmente se esconden tras una modestia sincera, de la que solo emerge de vez en cuando la pura esencia de toda una vida resumida en una frase contundente, esencia de observaciones y desvelos de un hombre grande que sabe escucharse.

Tiene un humor a prueba de venenos, ese humor espontáneo que da el saber ya qué es la vida, el haberle ganado casi todas las partidas y el haber toreado sus mendrugos y sus grandezas. Ese humor explosivo que pare sólidas carcajadas es una de sus identidades.

También es oráculo, notario de lo antiguo, emisario de las piedras, vocero del pasado y Apóstol de los Mayas y los Aztecas.

Esa es su religión: asomar al mundo el legado de sus generaciones precedentes, los conocimientos de su Historia, las vidas ya muertas, los logros atesorados, y el descubrimiento y el respeto a los Dioses.

Como un predicador humilde que hablara sin aspavientos de los latidos de su corazón, de la sangre de sus venas, del Dios omnipresente que le altera las células, como si fuera quien ya descubrió el secreto y quiere compartirlo.

Es el mismo hombre que cuando habla de su padre no puede evitar que un terremoto humano le recorra, ya que la palabra padre la asocia, al mismo tiempo, al pasado feliz y a su ausencia, y la misma palabra padre le trae la sonrisa y el llanto.

Si pudiera regresar del pasado y pudiera darle un abrazo intenso como hacen los padres, y pudiera darle la mano, como hacen los hombres, y pudiera darle cuanto cariño le debe y los abrazos que no le dio, nombrarle hombre hecho, mostrarle su orgullo con palabras llanas, y darle su bendición, sin duda unas lágrimas de lujo, guardadas largo tiempo para la ocasión, manarían jubilosas de sus ojos ansiosos de llorarlas.

Patriarca de un nuevo futuro, Javier fundó una dinastía de Espinosas que llevan en su sangre lo esencial para ser grandes personas: la semilla de la honradez y el orgullo invencible de saberse herederos de un alma limpia y un corazón hermoso.

Qué conexión entre oído y alma, qué amor con la música tendrá un hombre que es capaz de razonar con su esposa y convencer al cura encargado del bautismo para que uno de sus hijos lleve por nombre Ludwing.

Pues ese y así es el hombre que nos acompañó en aquel viaje por el interior del Yucatán mexicano.

Tal vez se nos olviden algunas piedras, algún árbol o nube, pero sin duda quedará en la memoria aquel guía que hizo de nuestro viaje un viaje a su mundo.

Deja una respuesta