Anoche,
un verso que apareció por sorpresa
acaparó mi desatención convirtiéndome,
como si fuese un milagro,
en niño.
“Robé la pelota con sumo cuidado…”
escribió uno que claramente tuvo infancia.
Una pelota a duras penas redonda,
que antes disfrutaba otro niño,
acabó en mi casa.
Ese recuerdo,
embebido de nostalgia,
me llevó de su mano sensible
a aquella mi edad escasa
en que los bolsillos rotos
eran mi mayor tesoro.
Poca luz en mis ojos tenía entonces,
poco amor en el corazón,
poca risa en la boca.
No pude resistir la tentación,
la invitación a cogerla,
la súplica insonora de que la hiciera mía…
Corrí con ella,
mirando atrás continuamente,
supongo que con ojos delictivos,
pero no la solté
y derroté a mi incipiente conciencia.
Al llegar al portal paré a normalizar la respiración
y a inventar una mentira que convenciera a mi madre.
Me la he encontrado en la calle…
Me creyó.
O quizás es que quiso creerme
para que pudiera tener algo con que jugar
que no fueran la miseria y el hambre.
Si es que lo supo desde el principio,
le agradezco su complicidad,
porque ahora pienso
que eso también es corazón de madre.
Si nunca lo supo, que ahora me perdone.
La pelota…
La conciencia…
Mi madre…
Y yo que me creía a salvo
de cualquier poema destinado al recuerdo…