Apenas le rozaba el viento:
era respeto y no otra cosa.
Apenas le quemaba el sol:
ambos eran dioses.
Sólo la vida se atrevía
a entrar en ella llenándola,
contagiándola de optimismo,
preñándola de sentimientos,
removiéndola con algodones.
Podría haber sido una Santa
de haber nacido en otro siglo.
Su humildad destacaba
pero no por su intervención
sino por la belleza interna,
la ausencia de límites,
la pureza de su aura,
el brillo diamantino.
Parecía flotar cuando caminaba,
como si ya volase
antes de convertirse en ángel,
antes de regresar a las alturas,
retomar su puesto
y volver a ser
una esencia, un Ser, un alma.