No podía ser de otra manera.
Tenían que acudir a tu espera incluso los días del pasado.
En tu honor se adelantaron los partos
y se atrasaron los entierros.
Todos quisimos esperarte y cuando te vimos llegar,
bañada en flores,
caímos en la cuenta de lo que fue no tenerte.
Después, nos acostumbramos
a tu paso lento y tu vista al frente,
a tu mirar callado, a tus rezos.
Te vimos, ya con más tiempo,
los descosidos y los remiendos, todo;
lo que perdiste en tu deambular,
lo que ganaste en madura y sabia,
lo que se clavó a tu naturaleza
y expresabas con tu ser y estar.
Así nos pasó a todos.
De ahí a enamorarnos, un paso.
Y lo dimos. Cautivos y enamorados.
Luego no se inventaron más músicas.
Te llenaste de trinos, corcheas y res bemoles,
de melodías se contagiaron tus palabras
y de gracia tus diálogos.
Y ahora, imitando al eco,
repetimos tus frases y pensamientos,
vivimos tus enseñanzas.
Comenzamos a agitar nuestras alas
más temerosos que temibles,
más inquietos que inquietantes,
soñando con seguir tu vuelo
y rozar, acariciantes, tus alas.
Como el futuro nace del presente
así algo de nosotros nace de ti,
en un parto indoloro y deseado,
al encuentro de lo que ha de ser,
encaramados a este gozo que es buscarse
a través del filtro de la pérdida y del amor
pero seguros de que al fondo, tras ello,
nos esperan los colores pastel.