No he tenido una vida fácil. No.
En la etapa que abarca desde los 42 a los 46 años todos mis recuerdos los veo borrosos, movidos, o incluso dobles.
Desayunaba un brick de vino blanco para conseguir llegar al fin del día sin pensar en otra cosa que no fuese tratar de mantener el equilibrio y encontrar un váter cuando tuviera una urgencia.
Se me habían acumulado tantos contratiempos que cualquier opción era mejor que seguir vivo y consciente de mi situación, y mi cobardía no colaboraba en el ansiado suicidio que tantas vueltas dio por mi cabeza.
Escribo contratiempos por generosidad para conmigo, porque ahora soy comprensivo y puedo entender que tomara aquella decisión tan cobarde y enemiga que fue dedicarme al alcohol como motivo principal de vida, como objetivo desde el amanecer, y como única salida para anestesiarme.
El caso es que no sé cómo me fui metiendo en ello.
Creo recordar que comencé por salir alguna tarde a tomar una copa en algún bar –beber para olvidar, como se dice- y supongo que se multiplicarían el número de salidas, y la dosis inicial de dos copas o cervezas o gintonics o cualquier otra cosa que tuviera alcohol pronto se quedó corta, porque seguía quedando lucidez para que mi conciencia se diera cuenta de mi situación y había que aletargarla como fuera.
El siguiente recuerdo que tengo es posterior en casi cuatro años a esto que he relatado.
Así es.
Nada en medio.
Nada en cuatro años.
Algunos días en un hospital cuando se me iba la mano, pero no recuerdo nada de nada.
También sé que me intentaron robar una noche lo poco que tenía y me hicieron varias heridas pero se curaron solas. Supongo.
Esto que escribiré es solamente una suposición, o algo que soñé, o el fruto de mi imaginación descontrolada y desconcertada de entonces.
El caso es que tengo pensamientos en la cabeza pero no sé de dónde han salido y ni siquiera sé si son veraces.
En el primer recuerdo estoy sentado en unas escaleras que bajan a la playa de Riazor, en La Coruña. (Y no sé qué hacía yo en La Coruña porque siempre he vivido en Madrid)
Está amaneciendo y el sol se refleja en un edificio de cristal que está al fondo. El brillo, realmente cegador, me da de lleno en la cara y se me mete hasta el fondo de los ojos, hasta que consigue iluminar algo que habitaba dentro de mí, adormilado o desmayado, insensible, muerto o quizás sólo en estado comatoso, y esa luz deslumbradora parece que al entrar en mí lo alborota todo, me alborota entero y, como si hubiera activado un resorte, me pone una pregunta en la voz y la hago o me la hago en voz alta: ¿qué hago aquí?
Y es una pregunta que no pide respuesta.
Pide una reacción.
Pero no sucede.
Sigo afectado por la bebida de la noche anterior, así que la pregunta se diluye en el pensamiento sin que mi mente la pueda seguir.
Pero sucede un milagro. Se repite la pregunta: ¿qué hago aquí? Y esta vez espero con un poco más de atención la respuesta.
Espero que algún valiente se ponga en pie y se enfrente a mí desde mi interior y me exija algo más que una respuesta llena de palabras y vacía de intenciones.
¿Qué hago aquí? Y desde dentro oigo, por fin, a alguien que se atreve a responder, pero lo único que me aclara es que no se refiere a “aquí” como lugar geográfico, sino aquí en esta situación y este estado.
Aquí y como un indigente.
Me toco la cara y siento una barba arraigada.
Me miro la chaqueta que llevo puesta, la huelo, y siento vergüenza.
¿Qué hago aquí? Aquí en esta vida. En esta vida que es mi vida.
Aquí la boca pastosa y la mente aún embotada.
Aquí la tristeza conmigo, un pasado reciente del que avergonzarme y un futuro al que no se le ocurre aparecer por mi lado.
Y me levanto y me miro entero, todo lo que alcanzan mis ojos. Doy lástima.
Siento la necesidad de verme en un espejo y me acerco a un escaparate. En el primero no me veo bien, ni en el segundo. Hay un portal abierto y en su interior veo un espejo que cubre toda la pared. Tomo aire y me santiguo. Ni siquiera me acordaba de que sabía hacerlo. Entro.
La imagen que me devuelve el espejo es desoladora.
Pienso en salir corriendo, porque me da miedo verme, aunque lo disfrazo con una excusa y me digo que tal vez pueda entrar algún vecino y llamarme la atención y es por eso que me tengo que marchar.
No me muevo del sitio.
Sigo mirándome en el espejo.
No me reconozco.
Siento un estremecimiento que me provoca una lágrima inevitable y la aplasto inmediatamente borrándola. Eso también me avergüenza.
No puedo hacer un juicio ni un balance de lo que estoy viendo.
Otra lágrima toma el puesto de la anterior.
A esta la perdono y la dejo que salga libremente y que discurra por mi mejilla hasta esconderse entre la barba y perderse.
Esto soy yo, pienso y siento.
Este soy yo, rectifico en un acto de misericordia y humanidad.
Mantengo la mirada desafiante a ese que me mira desde el espejo, pero por dentro me siento morir.
¿Qué he hecho, Dios mío?, ¿qué me ha pasado?
Pasa toda mi vida por mi mente, pero sin palabras ni imágenes, y no sé cómo pero lo entiendo; pasa fugazmente, sin que me dé tiempo a fijarme en nada. Dos o tres segundos y ya he hecho el repaso por toda mi vida.
Sorprendentemente, aparecen una lucidez y un ímpetu como los que tenía en mis buenos tiempos. De golpe, increíblemente, en un segundo tomo conciencia de todo, y me refiero a TODO.
Me llevo las manos a los ojos para tratar de contener el manantial de lágrimas en que se han convertido, pero no sirve de gran cosa.
Lloro.
No tengo reparo ni tengo intención de cortarlo.
Lloro mil llantos atrasados, mil llantos acallados.
Lloro mi vida, mi desgracia, mi pasado, lo que he hecho de mí.
Aprovecho y lloro por más cosas.
Oigo que una señora mayor que entra al portal me pregunta qué me pasa, pero no interrumpo la catarsis en que se está convirtiendo este vaciarme de lágrimas estancadas, y no le respondo.
Con la mano izquierda le hago un gesto que no sé qué expresa pero quiere decir que estoy bien pero que necesito seguir llorando y llorándome, ahogarme y darme sepultura en ese mismo llanto, decirme lo que nunca me dije, arrepentirme, perdonarme, aceptarme, comprenderme, hermanarme conmigo mismo en un vínculo que sea indestructible, en un compromiso cuya firmeza no tambalee.
Grito.
Enseguida me doy cuenta de que tal vez asuste a la señora que me preguntó y que acabe llamando a la policía, así que me pregunto yo si estoy bien y la respuesta, aunque balbuceante, me convence de que sí.
Me enjugo lo que queda del llanto.
Me miro nuevamente al espejo y me pregunto en silencio: ¿puedo recuperarme?
La respuesta me sale con voz real y es afirmativa. Firme y positiva.
Me sonrío, con miedo, con vergüenza, extraño, y veo mi sonrisa en el espejo.
No la recordaba.
La señora que me preguntó ya no está.
Aliso un poco mi ropa y salgo a la calle.
Estoy en La Coruña.
¿Qué hago yo aquí?