Derrocho adjetivos trágicos.
Aprovecho todos los sinónimos
de dolor y llanto.
Sufrir es un castigo
y no un verbo.
Llorar, para mí, es una imposición
y no una opción.
Muero cada día
y no termino de escarmentar.
Divago, enloquezco, desvarío.
No sé cuál de todos los alborotos soy,
la vida no me trata bien
ni la soledad es buena compañía.
Cuando me quedo a solas conmigo
cualquier motivo es motivo de llanto.
Los infiernos me resultan apetecibles
porque el diablo es un buen compañero.
No soy yo, lo sé.
El delirio es mi próxima estación.
Morir, mi más deseado destino.
Esta es una silenciosa llamada de auxilio
desde mi desesperación.