Toda una vida

Toda una vida, que es todo el tiempo que hay en mi mundo, he estado contigo.

Tenías catorce años y la mirada de una sonrisa cuando te conocí.

Te encontré absorta, sentada en un banco del parque, pero en realidad no estabas allí. Allí te esperaba tu cuerpo, con los ojos cerrados, mientras vagabas por un Paraíso de tu invención al que has seguido viajando continuamente para descansar de la pesadez de la vida; es un paraje privado donde toda tu fantasía encuentra aceptación sin juicio y donde, al mismo tiempo, la cordura más sensata, atávica y gratuita, te da lecciones magistrales.

La vida seria, la monótona y sin gracia,  se empeñaba en atraparte para su cotidianeidad de aburrimientos repetitivos, pero desde siempre elegiste seguir siendo niña en tu mundo de ser niña. Compaginar es ser a veces adulta y consecuente, y otras cascabel y torbellino.

En ese Paraíso estabas cuando, a golpes y empujones de mi timidez, llegué hasta ti y te dije que no sabía qué decirte, ni cómo, pero quería hablar contigo.

Volviste a la vida, ya sin alas de Reina de las Mariposas, me diste en prenda una de tus sonrisa y te alejaste corriendo.

Hasta la siguiente vez que te vi, doce meses más tarde, soñé todas las noches contigo: a veces eran sueños plácidos y satisfactorios, sin arrebatos; otras veces me inundaban de felicidad; otras, en cambio, la tortura del sueño en el que nunca te alcanzaba era, además de sueño, pena y castigo.

Doce meses de altibajos: de la esperanza al repudio. De la fe en tu amor a cualquier precio, a morir desesperado.

Con quince años y pechos altivos, voz y mirada de mujer, piernas y cimbres de adulta, me volviste a seducir sin más esfuerzo que el canto de tu sonrisa.

Me reconociste a la legua.

Sabías mi nombre de memoria, de tanto tatuarlo en tu Diario, de tanto llamarme en sueños, de tanto querer acallarlo en tu corazón.

Esta vez me facilitaste el camino.

Dijiste que no sabías qué decir, ni cómo, pero querías hablar conmigo.

Pero fui yo quien habló.

Fui yo el río de palabras.

Fui yo quien narró mi enamoramiento, quien te llevó de mi pasión a mi desvarío, a través de un verbo imparable, inspirado, que descargó de una tirada el cúmulo de revoltijos que se acumulaban en mi corazón y en mi miedo y en mi alma.

Tú consolaste mi desconsuelo.

Sólo con una de tus miradas, magia pura, María de mis milagros, te convertiste, definitivamente, en una pasión de un calibre insospechado. Mi amor siguió creciendo a montoncitos cotidianos.

Han pasado cincuenta años si contamos el día de hoy, y son cincuenta pocos años sazonados de maravillas; cincuenta velas alumbran el camino; son cincuenta el coro de estrellas que cada noche nos canta; cincuenta escalones hacia el cielo; cincuenta aniversarios celebrados con versos y besos efusivos, que son la reafirmación de la declaración de principios que fue mi declaración de amor.

Casi no caben tantas cosas en tan poco tiempo.

Tantos amaneceres escarchados, tanto fuego en noches mágicas, tantas veces tantos soles distintos, tanto amor, siempre el mismo amor, el que nunca es el mismo, el amor creciente vivo, el amor bien cuidado, amor mimado, amor que nosotros alimentamos cada día…

Y ahora, hoy, cincuenta ángeles en nuestro cielo, tu cabello blanco de hada buena, los ojos que esparcen chiribitas, el calor humano de tus manos, tu boca de besos impronunciados, besos sabios o tímidos que me entregas cada noche; ahora, cincuenta flores en nuestra vida, y lo que queda de aquella niña sigue a mi lado, y yo a tu lado, porque si no, no viviría.

Amor de toda mi vida, María de mis noches, alma atenta y precisa, mi aire, mi luz, no sé dónde rebuscar comparaciones para escribir en esta confesión.

Eres tan tú misma, tan irrepetible, tan maravilla, que ningún pájaro ni amanecer ni luz irisada ni otra risa se te igualan o se te aproximan.

Te amo.

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