Pudores

Tenía treinta y dos años, el alma atacada de amarguras, el amor sin estrenar y la libido insatisfecha.

        Tenía el pelo atractivo, manos de cura, sonrisa tímida y unos ojos sin miradas.

        Tenía un bastón blanco, un perro lazarillo, un futuro a oscuras por delante, y la desazón repetitiva de no poder encontrar una mujer a la que entregarse, a la que adorar, a la que colmar con el amor atesorado a lo largo de sus treinta y dos años de frugalidad en los sentimientos.

        Tenía miedo, apatía, desconfianza, menos del mínimo de ilusiones imprescindibles para seguir viviendo, un concierto continuo de reproches, una casa en la que se exilaba del mundo, y muchas noches largas en las que su deseo de acostarse con una mujer le torturaba.

        Tenía ganas de atreverse a ir a una de esas casas en las que uno puede aliviar la escandalera del sexo insatisfecho, y ese ansia se le repetía con una continuidad que hacía imposible negarlo. 

       Ella no había conocido varón, como dicen los curas.

A pesar de tener ya dieciocho años no había crecido más de metro y medio y pesaba poco más que su esqueleto.

La vida se había ensañado contra ella a conciencia, y la había colmado sólo de desazones, de cosas que le salían mal una tras otra, de una ausencia de cariño desde que nació y fue abandonada, de un vacío triste en su corazón flaco, y poco más y malo.

Vivía sola, en la calle, y cuando se despertaba ya tenía marcado en los ojos el miedo de pensar qué es lo que le iba a pasar ese día.

Había visto a las putas abandonarse en las esquinas del barrio rojo, como lo llamaban, y temía el día en que la desesperación le aconsejara mal y le ocultara el resto de posibilidades obligándola a encaminarse allí, empadronarse sin ganas, pelearse por uno de los sitios de más tránsito, y tener que ofrecerse a los que pasaban. Ofrecer su dignidad por el mísero precio de unas monedas.

Ese día había llegado.

Había averiguado cómo se llaman los servicios que iba a tener que ofrecer, cuál era la tarifa de su desgracia, dónde estaban las habitaciones de los trasiegos, y cuáles eran los métodos para no quedarse embarazada.

Para él había llegado el día en que iba a estrenarse.

Iba a conocer cómo era eso de lo que tanto había oído y sobre lo que tanto habían exagerado y bromeado sus amigos.

Las risas de las putas fueron poco discretas, pero eran inevitables: nunca habían visto a un ciego por su barrio.

El perro se fue parando delante de cada una de las mujeres. Él aspiraba el aroma de cada mujer, que casi siempre era el mismo, y trataba de separar, de entre el hedor del ambiente y la colonia barata, lo que pudiera haber de olor humano. Cuando le parecía que una olía a bien, saludaba y le pedía una breve descripción física, que siempre era falsa.

De entre todas las mujeres escogió la que hablaba poco, con una voz vergonzosa de ángel tímido, la que dijo que era delgaducha, señor, porque le pareció que no mentía, y porque su voz temblaba y su respiración estaba nerviosa.

Ella le cogió de la mano y le llevó.

Le desnudó a pesar de los gruñidos tibios del perro; ordenó la ropa sobre la silla y alisó el pantalón remarcando la raya diluida; le condujo hasta la cama y le quitó la última prenda.

Se quitó el vestido de espaldas a él, toda encendida de pudor.

Se acostó a su lado, asombrada por la desnudez del hombre, sorprendida por el tamaño de su miembro embravecido, inquieta ante lo que estaba por venir.

Iba a ser su primera vez.

A su lado, él era enorme.

En las caricias fue cuidadoso y tierno, como un enamorado; desde su oscuridad recorrió el cuerpo de ella lentamente, por temor a que se acabara pronto.

Las curvas estaban poco marcadas, los pechos eran de niña, el vello escaso, las nalgas raquíticas…

Olía a limpia. 

Ella estaba muy nerviosa.

Como le parecía que él la miraba, apagó pudorosamente la luz.

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