La palabra personal

Aquel hombre me pareció triste.

Realmente triste.

Su mirada caía al suelo y no podía levantarla.

Se sentó frente a mí, en la silla que acogía a todos los que venían buscando el remedio mágico de la pócima de mis palabras personales secretas.

– Necesito encontrar mi palabra personal –dijo, como hablando consigo mismo.

Me pareció adivinar, por la experiencia de tantos años de recibir confesiones, que un pesar se había instalado en el gobierno de su pensamiento, que todos los días le nacían tristes, y que la esperanza había huido en vista del porvenir negro que se avecinaba.

Sabía que venía buscando, desesperado, la salvación en mi ayuda. Pero se lo pregunté.

– ¿En qué le puedo ayudar?

– Necesito encontrar mi palabra personal –repitió.

– ¿Para qué?

– Para espantar mi pena. Y espero que me sirva también para poder volver a sonreír, y para recuperar mi fe.

– Sólo doy una palabra para cada cosa.

– Haga el esfuerzo si puede, señor.

        Dudé.

        – No es mi costumbre, pero lo haré.

        Y lo hice. Me concentré en el vacío inmaculado en el que creaba palabras como si fuera Dios, y pedí a eso que siempre me ayuda que pusiera en mi pensamiento la palabra pedida.

        Al rato, la escuché.

        Acerqué mi boca a su oído y la pronuncié lentamente.

– Es sólo para usted, señor: QUIEROSÍ.

– Me gusta.

– Le servirá para todo. La repetición confiada en la fuerza de la palabra le da poder a la palabra y a usted. Bien, ahora, con cuidado para que no se le escape, pronúnciela usted –le invité.

– QUIEROSÍ –dijo, con cuidado.

– Así, no. Con fuerza, dígala con fuerza, que no se rompe.

– QUIEROSÍ –dijo una octava más alto.

– Más brío, más fe.

Yo sentía la intensidad con la que pronunciaba su palabra personal dentro de sí; sentía el eco de su palabra personal retumbando por su interior, llenándole de fuerza y confianza.

– QIEROSÍ.

El tono fue cogiendo rotundidad.

– QUIEROSÍ. QUIEROSÍ –repitió con silenciosa furia.

Se levantó, me miró fijamente a los ojos. Me dedicó otra pronunciación, en la que participaron su esperanza y su sonrisa

– Sí, es mi palabra –dijo-, ¿qué le debo?

– La voluntad.

        Vi alejarse a aquel hombre sonriente, distinto. Me dejó una moneda, pero ya me había sentido pagado con su mirada.

        Me gusta este oficio que la vida me dio.

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