Me debo un llanto

Me debo un llanto prolongado,

sin distracciones,

sin interrupciones,

sin una voz que me diga no llores,

sin una voz que me pregunte qué te pasa.

Necesito un llanto sin explicaciones,

natural y humano,

manando directamente

de mi alma y mis tormentos.

Es un llanto que ha sido retenido,

acallado una y otra vez,

aplazado por una sensatez

innecesaria en estos momentos.

Necesito desahogarme y desaguarme,

todo yo convertirme en lágrimas

profundas y reflexivas,

porque llorar es mi mayor deseo,

mi necesidad vital,

el grito que quiero gritar;

necesito ser humano (ser el Ser, pero Humano)

y verterme entero por los lagrimales

hasta quedarme vacío de dolores,

huérfano de males.

Necesito la vida y la muerte,

escapar de las ganas de huir

y quedarme a solas, conmigo

-yo conmigo o contra mí-,

roto, entero, gustosamente, como sea,

con la pena desconsolada

del niño que perdió su juguete favorito.

Me lamento por las veces que no lloré

cuando era lo apropiado,

cuando me lo pedían las entrañas,

cuando negué mis sentimientos

una y otra vez, y otra vez, y otra vez.

Este huir, sin saber por qué,

de las reclamaciones de mi Ser

por poder expresarse

me han llevado al desastre emocional

y a una censura innecesaria

que ha deslavado mi Humanidad.

Quiero un llanto sin trapujos,

con lágrimas gordas y ácidas

o lágrima dulces y de terciopelo,

con sus acompañantes hipidos,

con su sensación de vacío y desamparo,

con la desesperación gritando su pena,

con mi rabia licuada

y todos mis arrepentimientos

y todos mis dolores

y mis noches llenas de heridas

y por la vida que no viví.

Me debo un llanto prolongado

que me reconecte conmigo.

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